Arturo Tovar Goris
¿Has experimentado alguna vez una fiebre de 38.4 °C? La mente se nubla, el cuerpo duele y no queda más opción que detenerse. Ahora piensa en esa sensación, pero a una escala global.
Eso es lo que le ocurre hoy a nuestro planeta: tiene fiebre.
La comunidad científica lo advierte desde hace décadas. Ya en 1987, la revista Time alertaba: “El calor está aquí”. Aun así, la reacción colectiva ha sido mínima. La temperatura promedio del planeta continúa en ascenso, alterando corrientes oceánicas, regímenes de lluvias, ciclos agrícolas, ecosistemas completos y ciudades en todo el mundo.
Como un cuerpo enfermo, la Tierra entra en crisis. Una crisis de origen sistémico, no natural ni inevitable. Lo que enfrentamos no es solo una “era del ser humano” (el antropoceno), sino una etapa marcada por un modelo económico concreto: el capitaloceno.
Capitaloceno: un nombre para la fiebre del planeta
El término capitaloceno, propuesto por Andreas Malm en 2014 y desarrollado críticamente por Jason W. Moore a partir de 2016, replantea la narrativa del cambio climático: no todos los seres humanos son igualmente responsables de esta crisis (Malm, A., 2016; Moore, J. W., 2016). Lo que ha empujado al planeta a este punto crítico no es “la humanidad”, sino el capitalismo fósil, un sistema basado en la extracción, el crecimiento perpetuo y la desigualdad histórica (Hickel, J., 2020; Malm, A., 2016).
De hecho, más del 70 % de las emisiones industriales de gases de efecto invernadero desde 1988 provienen de tan solo 100 empresas, según el Climate Accountability Institute. Entre ellas figura PEMEX, la única mexicana en el top 10 global de emisiones acumuladas (Climate Accountability Institute, 2019; Heede, R., 2014). Esto no es una coincidencia, es un patrón estructural de acumulación y concentración.
Ciudades del capitaloceno
Las ciudades no son víctimas pasivas: han sido herramientas activas del capitaloceno. Su diseño —expansivo, dependiente del automóvil, excluyente— fue moldeado por intereses corporativos.
¿Quién decidió que necesitábamos un auto para vivir? La respuesta es incómoda pero clara: General Motors, junto con petroleras y fabricantes de neumáticos, invirtió millones en el desmantelamiento de tranvías y el debilitamiento del transporte público para promover un modelo urbano basado en el automóvil (Freund, D., 2007; Klein, N, 2020; Norton, P. D.,2008; Snell, B.,1995). No fue evolución urbana, fue estrategia de mercado.
La consecuencia: más asfalto, más emisiones, más desigualdad.
Ciudades como Monterrey o Chihuahua y zonas urbanas como Xochimilco muestran sus cicatrices: ríos canalizados, cerros urbanizados, zonas agrícolas convertidas en canchas de fútbol. Son territorios convertidos en zonas de sacrificio.
Pero el territorio resiste… y recuerda
A pesar del avance depredador, la vida se rehúsa a desaparecer. Zorros grises (Urocyon cinereoargenteus) habitan los cerros de la zona metropolitana de Monterrey, en el norte de México, adaptándose a los bordes de la mancha urbana y a los ecosistemas de matorral y sierra (Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales [SEMARNAT], & Consejo Nacional de la Población [CONAPO], 2018). En Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, ajolotes (Ambystoma mexicanum) aún sobreviven entre chinampas —antiguos sistemas agrícolas lacustres—, pese a amenazas como la urbanización, la contaminación y la introducción de especies invasoras como la tilapia (Delgado y Zavala-Cruz, 2023). Y en el propio río Santa Catarina, también en Monterrey, considerado “muerto” por décadas tras ser canalizado en concreto, se han identificado hoy más de 800 especies dentro de su ecosistema fluvial semiárido urbano (Rivera-Arriaga y Villalobos-Zapata, 2016).
En Tabasco, ejidatarios que perdieron sus tierras por la salinidad sembraron más de 300 hectáreas de mangle, como parte de procesos de reforestación comunitaria con apoyo institucional (González, P., 2023). En Coahuila, estudiantes de bachillerato en comunidades mineras como Barroterán y Sabinas transformaron sus patios escolares en huertos agroecológicos, rompiendo con las narrativas del monocultivo extractivo (Time, 1987). No son “granitos de arena”: son actos de dignidad territorial.
Cuatro trampas del discurso climático
Frente a estos ejemplos de resistencia territorial y regeneración ecológica, vale la pena preguntarnos: ¿por qué estas historias suelen quedar fuera del centro del debate climático? Parte de la respuesta está en las narrativas dominantes que nos inmovilizan o desvían la atención. Estas son cuatro de las trampas más comunes:
El individualismo ecológico. Se nos dice que usar popotes de papel o comer menos carne salvará al planeta. Pero no se dice que la famosa “calculadora de huella de carbono” fue promovida por British Petroleum para desviar la atención del problema real: su negocio.
El catastrofismo inmovilizador. Mostrar sólo imágenes del colapso paraliza. Necesitamos visiones movilizadoras, no solo diagnósticos desesperanzadores.
La falsa culpabilidad humana. No somos el virus. Somos parte del ecosistema. El problema no es la humanidad en abstracto, sino un modelo socioeconómico —históricamente construido y desigualmente distribuido— que exige consumir sin freno en un planeta con límites. No se trata de negar la responsabilidad humana, sino de situarla: fueron decisiones concretas, tomadas por sectores específicos, las que impulsaron un sistema basado en el uso ilimitado de recursos, especialmente fósiles, y en la expansión constante sin considerar los umbrales ecológicos.
Las soluciones cosméticas. No es suficiente con gestos simbólicos o campañas superficiales; lo que se requiere son cambios estructurales de fondo. Por ejemplo, pintar techos de blanco para reducir el calor urbano puede ser útil en lo inmediato, pero no aborda la raíz del problema: el modelo de urbanización expansiva, dependiente del automóvil y basado en combustibles fósiles, que continúa reproduciendo las causas del colapso climático.
Esperanza como herramienta política
¿Qué podemos hacer?
Contar otras historias. Reivindicar lo que ya importa para las personas: salud, agua, tierra, comunidad, empleo digno. Hablar de esperanza no implica una actitud de espera pasiva, sino asumirla como una acción transformadora: esperanzar. Es un ejercicio cotidiano de construcción colectiva, donde la imaginación crítica y la organización comunitaria se convierten en motores para abrir caminos posibles frente al colapso.
Como dice Rebecca Solnit, la esperanza es un hilo para romper ventanas y abrir puertas (Solnit, R., 2004). Porque si los paisajes están vivos, también están listos para la transformación. Y donde hay memoria, puede haber futuro.
Desde los cerros, los manglares y las aulas, toca imaginar —y construir— otros mundos posibles. Porque el futuro no se espera: se siembra.
Referencias
Climate Accountability Institute. (2019). Carbon Majors Report. https://climateaccountability.org/carbonmajors.html
Delgado, M. E., y Zavala-Cruz, J. (2023). Santa Catarina: Río vivo. Diagnóstico de biodiversidad y propuestas de protección del ecosistema fluvial en Monterrey. Pronatura Noreste y Rewilding México.
Freund, D. M. P. (2007). Colored Property: State Policy and White Racial Politics in Suburban America. University of Chicago Press.
González, P. (2023). Territorios vivos. Acciones comunitarias frente al colapso ecológico. Ciudad Territorio A.C.
Heede, R. (2014). Tracing anthropogenic carbon dioxide and methane emissions to fossil fuel and cement producers, 1854–2010. Climatic Change, 122 (1), 229–241. https://doi.org/10.1007/s10584-013-0986-y
Hickel, J. (2020). Less is More: How Degrowth Will Save the World. Penguin Random House.
Klein, N. (2020). On Fire: The (Burning) Case for a Green New Deal. Simon & Schuster.
Malm, A. (2016). Fossil Capital: The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming. Verso.
Moore, J. W. (2016). Anthropocene or Capitalocene? Nature, History, and the Crisis of Capitalism. PM Press.
Norton, P. D. (2008). Fighting Traffic: The Dawn of the Motor Age in the American City. MIT Press.
Procuraduría Federal de Protección al Ambiente. (2018, 14 de noviembre). Rescata y libera PROFEPA a una zorra gris en el Parque Nacional “Cumbres de Monterrey” en Nuevo León [Comunicado de prensa]. Gobierno de México
Rivera-Arriaga, E., y Villalobos-Zapata, G. J. (2016). Restauración de manglares en México: Avances y desafíos. SEMARNAT, CONAFOR y ECOSUR.
Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales [SEMARNAT] & Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas [CONAPO]. (2018). Programa de Acción para la Conservación de la Especie Ambystoma (PACE Ambystoma2). PACE_Ambystoma2.pdf. https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/444128/PACE_Ambystoma2.pdf
Snell, B. (1995). American Ground Transport: A Proposal for Restructuring the Automobile, Truck, Bus, and Rail Industries. Lawyers’ Committee for Equal Justice.
Solnit, R. (2004). Hope in the Dark: Untold Histories, Wild Possibilities. Haymarket Books.
Time. (1987, July 20). The Heat is On. Time Magazine. https://content.time.com/time/subscriber/article/0,33009,964103,00.html
Sobre el autor
Arturo Tovar Goris
Arquitecto y urbanista, profesor en la FES Acatlán–UNAM y doctorante en Ciencias y Artes del Diseño en la UAM-Xochimilco. Su labor se centra en la planeación territorial, el diseño urbano y la resiliencia climática en ciudades mexicanas, con investigaciones sobre centralidades urbanas, gestión del riesgo y adaptación frente al cambio climático. Correo: a.tovar.goris@gmail.com
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